¡Al fin libre, adios al pañal!

Muchos miran hacia atrás y se ríen al recordar lo competitivos e impacientes que fueron intentando que su hijo fuera el primero, o por lo menos no el último, en desprenderse de los pañales.

Ahora están convencidos de que el niño habría aprendido a ir al váter mucho antes y con mucho menos estrés si ellos no se hubieran tomado este aprendizaje como un indicador de sus propias aptitudes como padres. Del mismo modo que un niño aprende a andar y a hablar cuando está preparado para hacerlo, un día tu hijo se despojará de los pañales y aprenderá a usar el váter.

Dicho esto, no creo que haya otra edad más apropiada para iniciar este proceso que entre los dos y los tres años. Este es el período en que los niños se dedican a poner a prueba constantemente quién manda para hacerse una idea de cuál es el lugar que ocupan en el mundo.

Aprender a usar el váter proporcionará a tu hijo un nuevo sentido de la autoestima, el autocontrol y la independencia: “mira, ya sé hacerlo solo”. El paso de los pañales a las braguitas o calzoncillos suele asociarse a un enorme cambio en la personalidad del niño. Es muy probable que, de golpe, tu pequeño se vuelva mucho más seguro de sí mismo, e incluso, parezca estar más tranquilo.

Ayudar al niño durante este proceso requerirá una enorme dosis de tacto, tiempo y paciencia, además de creatividad. Es posible que, por primera vez, te des cuenta de cuál es el estilo de aprendizaje de tu hijo y el sistema de enseñanza que te demanda. Es posible que sientas cierta envidia al ver cómo la hija de tu mejor amiga, con solo 23 meses, es capaz de utilizar correctamente el orinal y de llevar unas bragas de un blanco inmaculado. Pero no obligues a tu hijo a aprender antes de que él manifieste interés por hacerlo. Él se encargará de darte pistas, alguna muy sutil cuando esté listo para aprender. La mayoría de los médicos coincide en afirmar que un niño ha de haber cumplido dos años por lo menos para tener el suficiente control muscular que le permita retener la orina en la vejiga durante varias horas. Además, cuanto mayor sea el pequeño, más fácil resultará explicarle el proceso y más orgulloso se sentirá de su propio éxito.

En la vida, todas las cosas tienen su momento

Existe un lugar Mágico. Se llama Andares

En Andares, desconecto y me zambullo con mis hijos, los veo, los observo, comparto espacio, tiempo, juegos, emociones con ellos y los conozco y los descubro. En él desaparezco para encontrarme con otros niños y otra niña, yo, y con otros padres, con mis mismos miedos, mis mismas alegrías, mis mismas dudas.

Es un lugar en el que me permito jugar con mis hijos, descalzarme y tirarme al suelo, descubrir texturas, formas, emociones, juegos… Descubro su mirada de sorpresa, su nerviosismo por saber qué juego vendrá después, cómo expresan sus emociones, ¡sí! porque ellos también tienen emociones y si les escuchamos atentamente nos las van a mostrar y nos las van a contar, sólo hay que darles tiempo y espacio para ello. Saber escucharles desde pequeños es algo que vamos a agradecer el resto de nuestra vida, porque cuando sean adolescentes, jóvenes, adultos… contarán con nosotros y compartirán con nosotros sus miedos, sus alegrías, sus proyectos, preocupaciones, sus ilusiones… de esta manera el día de mañana podremos irnos a la cama un poco más tranquilos cuando salgan por la noche, cuando se vayan de fin de semana, cuando tengan pareja, cuando tengan problemas… porque sabremos confiar en ellos, lo hemos estado haciendo desde que nacieron y eso les da seguridad.

Nuestros hijos son nuestro espejo, nuestro reflejo más puro, es importante saber mirarlos para poder vernos, ver si lo estamos haciendo bien o debemos buscar otra manera mejor, ver nuestro reflejo de mamá/papá cariños@, comprensiv@, histéric@, autoritari@ o intransigente, exigente, nervios@, tranquil@, insegur@, firme, paciente, asertivo, amable, respetuoso… Es cierto que somos su guía, somos responsables de que estén bien, y de que sepan estar bien. Somos sus primeras “relaciones serias y duraderas”, de compromiso, compromiso que hemos adquirido con nosotros mismos al traerlos al mundo. En función de cómo sea esa primera experiencia así se marcarán las siguientes. A quién no le ha marcado un desengaño o dos… o un amor romántico o una amistad verdadera.

Existe un lugar mágico,  Andares, lleno de risas, alegría, momentos de conflicto con un entorno propicio para resolverlo, sin juicios, con respeto, sin rencor. No hay juicios, todos vamos a lo mismo, a jugar, a explorar, a construir mundos alternativos, a comprender cómo es el mundo sin decirles cómo deben descubrirlo, sin estropearles esa sorpresa, ese final de la película. Que si se equivocan no es un error, es otra forma de enfrentarse y resolver su mundo, y aprenden a buscar otra manera mejor de hacerlo si la primera fracasó. Pero siempre teniendo un apoyo, sabiendo que estamos con ellos para lo que necesiten: compañía, un observador, un participante, un pilar firme y seguro…. Que les queramos a pesar de que se tiren al suelo y den pataletas, aunque se haga pis los primeros días de quitarle el pañal, aunque le quiten el chupete a su hermanito pequeño. Son niños y necesitan su tiempo, y su desarrollo es distinto al nuestro de adulto, y su mundo es distinto a nuestro mundo de adultos, donde les queremos sumergir lo más rápidamente posible, ¡parémonos a pensar y a sentir con ellos! Un lugar mágico que nos recuerda que también, en algún momento, fuimos niños y que si entonces no jugábamos, ahora podemos hacerlo. Siempre hay una segunda oportunidad